18 abril 2011

EL IMPACTO HUMANISTA DEL XVIII EN LOS MODELOS POLÍTICOS DEL XXI

Estanislao de Kostka Fernández Fernández
Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid

La renovación ideológica de los siglos XVII y XVIII y su impacto político y social, cuyo punto culminante lo encontramos en la Ilustración, produce profundas transformaciones en algunos estados nacionales, especialmente en Francia y en Los Estados Unidos de América. La primera sometida a un proceso revolucionario y, la segunda, a una profunda transformación, que no pudiendo ser calificada de revolucionaria, si tiene consecuencias y causas muy similares.

La renovación ideológica iniciada por la corriente humanista tendrá un profundo impacto en la sociedad europea y norteamericana a todos los niveles: en lo social como consecuencia de la asunción de las libertades públicas, los derechos del hombre y la libertad religiosa; en lo político como consecuencia de la consolidación de principios como la soberanía popular, la división de poderes o la democracia; en lo religioso como consecuencia de la reforma protestante y la contrarreforma católica; y en lo económico como consecuencia de la asunción de los principios económicos liberal-capitalistas.

Los procesos políticos y sociales descritos tienen su culminación en los modelos políticos que se consolidan desde finales del siglo XX, y que adquieren carta de naturaleza en nuevos procesos constitucionales que se forjan en torno a la idea del Estado Democrático y Social de Derecho, también llamado Estado de Bienestar.

Frente a la concepción liberal clásica de Estado mínimo no interventor, el Estado pasa a convertirse en el primer agente económico, como medio para hacer frente a las externalidades que se derivan de la economía de mercado y como consecuencia directa de la doctrina keynesiana. Se trata, en definitiva, de introducir correcciones en el Estado liberal-democrático de manera que pueda ser asumido como formula estatal por los sectores más próximos a los principios colectivistas. De hecho, para algunos autores como Dahrendorf este modelo de Estado es producto de un pacto que se produce tras la II Guerra Mundial entre liberales y socialdemócratas.

Aunque sus antecedentes inmediatos los podemos hallar en las reformas suecas que se producen entre 1932 y 1936, en el New Deal norteamericano de Franklin Roosevelt o en los frentes populares de Francia y España, en realidad su pleno desarrollo se produce en la II posguerra con el triunfo laborista en Reino Unido. Si bien se trata de una forma de Estado iniciada por los socialdemócratas, se va a producir un acuerdo más o menos tácito sobre esta forma de Estado que llevará a que se generalice en las sociedades occidentales. Así por ejemplo, en Alemania o Italia los presupuestos del Estado de bienestar serán puestos en práctica por los demócrata-cristianos.

Si el objetivo era proteger a los sectores más penalizados por el sistema económico, resulta lógico la introducción de políticas fiscales con fines redistributivos y la aplicación de políticas sociales, especialmente en sectores como el educativo, el sanitario o el de las pensiones. Pero a raíz de la crisis económica de mediados de la década de 1970, agravada a finales de la década de 1980, el Estado de bienestar entrará en crisis. Este modelo de Estado que parecía haber aplacado las reivindicaciones del movimiento obrero, al haber hecho frente, al menos en un grado mínimo, a sus demandas, no será capaz de solucionar problemas como las crisis cíclicas o el desempleo que caracterizan a la economía capitalista contemporánea. El Estado de bienestar que había nacido como una fórmula temporal y transitoria de reactivación económica, acabó institucionalizándose y provocando que los Estados gastaran más de lo que ingresaban. En palabras de O´connor, la crisis del Estado de bienestar es en realidad una crisis fiscal del Estado que inevitablemente conduce al hundimiento del sistema y que supone la superación de las propuestas intervencionistas de Keynes.

En la actualidad nadie duda que este tipo de Estado está atravesando profundas dificultades, pero las soluciones no son fáciles ya que políticamente no parece posible eliminar el déficit público de los Estados, sin pagar un alto coste político y social. Las crisis económicas reducen los ingresos del Estado al disminuir la población activa, las inversiones y, en consecuencia, las operaciones gravables que generan ingresos a los estados.

En cierto modo la propia concepción del Estado de bienestar implica un crecimiento continuo del gasto público. Los ciudadanos de las sociedades occidentales han ido adquiriendo en el último medio siglo derechos sociales y económicos a los que difícilmente renunciarán. Fundamentalmente las propuestas de solución tienen dos vertientes: desde posiciones socialdemócratas se propone desarrollar las tasas de crecimiento económico de forma que se pueda continuar con programas de bienestar social y desde la concepción neoliberal se aboga por reducir la intervención del Estado.

Pero no sólo el Estado de bienestar parece haber entrado en crisis. El propio instrumento de organización de la vida política al que nos hemos venido refiriendo y que caracterizó los últimos cinco siglos de las sociedades occidentales también parece haber entrado en crisis. La propia idea de Estado se ve afectada y aunque es difícil predecir el futuro de la organización estatal, si se vislumbran algunas pautas futuras. Tras los dos grandes acontecimientos bélicos del siglo XX los Estados concuerdan en ceder a organizaciones internacionales -Sociedad de Naciones y Naciones Unidas- parcelas de soberanía a cambio de paz internacional. Desde entonces los Estados han entrado en un proceso de internacionalización y globalización que afecta a la propia esencia de la soberanía estatal. El desarrollo de los medios de transporte y de comunicación, la continua integración de los estados en organizaciones de carácter supranacional y la internacionalización de la economía y la política han ido generado una paulatina difuminación de las fronteras estatales. Hoy ya no es posible hablar de Estado en el sentido que los hemos venido haciendo, pero a la espera de la consolidación de una nueva forma de organización política, la organización estatal debe seguir constituyendo el instrumento esencial en la construcción e integración supranacional.